Suede self-esteem

Cuando estuve en Japón me enamoré del país y juré que volvería alguna vez para vivir por un tiempo por allá. Most of the time tengo flashback de los lugares que visité, Odaiba, entre ellos. Es una isla artificial en Tokio donde puedes encontrar una réplica de la Estatua de la libertad o en la entrada de Diver City Tokyo Plaza  verás otra estatua gigante de Gundam.

Ese día compré unos Adidas Gazelle y mi mayor temor era ponerlos durante el viaje porque caminábamos el día entero y no quería que se ensuciara la suela para mi regreso a México. Obvio no pude resistir estrenarlos y noté un fact muy curioso de Japón: es tan primer mundo que los zapatos no se ensucian tan rápido como en México. Si volteas a cualquier parte no verás una sola basura o mancha de grasa en el piso.

Tener los zapatos limpios es una obsesión con la que literalmente lucho con todo mi ser; tener las suelas con manchas me hace perder concentración en cualquier cosa y no es exageración. He pasado horas en la oficina sin empezar algo porque mis tenis no están blancos al 100% y esto me hizo meditar el origen de esta obsesión, fijación o trauma -lo que quiera que sea-.

No creo que esta parte de la historia sea la culpable de mi obsesión peeeero… recordé a mi enemiga acérrima de la primaria -yo trataba de ser amiga, ella siempre buscaba como joderme, literalmente-. Mi compañera Brendita Muñóz, era parte de un grupo al que yo también pertenecía cuyo objetivo era identificar a los niños con “capacidades sobresalientes” y potencializar sus talentos. Al final del año tendríamos que presentar un proyecto en el que se demostraban estas “aptitudes diferentes”. Todo el mundo se había impresionado con Brenda y la llamaban para exponer su tema al universo entero porque: QUÉ-BÁRBARA-QUÉ-MADURA-QUÉ-TALENTO. Recuerdo, con la memoria fotográfica de la que puedo presumir, que ella estuvo pegada todos los días de nuestro quinto grado de primaria a un libro que hablaba sobre autoestima, su exposición fue sobre ello y dio más charlas que el mismísimo Jodorowsky presentando cualquiera de sus libros de psicomagia.

Por aquellos tiempos de la vida, ella estaba considerada casi, casi como la más madura de la escuela por lo relevante que resulta una niña de 10/11 años dando un mensaje sobre la importancia de la self-esteem. Era tan madura que a mi me hizo la vida miserable durante los años que estudiamos juntas, tal vez yo era su experimento que consistía en demostrar lo fácil que era desmoronar la autoestima de una niña que de por sí, la tenía bastante baja por todo lo que vivía en su entorno. Yo vivía el terror de sus actos de bandalismo en mi contra y siempre pensaba lo contradictorio que era ver a los adultos adularla y que no se percataran de que yo vivía aterrorizada por ella.

¿Esto qué tiene que ver con mi fobia a los zapatos sucios? Bueno, el día que estrené unos flats muy lindos de gamuza a ella se le hizo súper buena idea mandar a una niña que pesaba como 15 kilos más que yo a pisarme los zapatos para que se me estropearan junto con la dignidad (drama, drama). La escena era algo así: Brenda le decía algo al oído a la encargada de bullerame, la niña pasaba frente a mi y me pasaba por encima de los zapatos. Me dolía porque la niña era gordita pero me aguanté y no hice nada, quedé ahí, inmóvil observando como se reían de mi las 3 o 4 veces que repitieron la dinámica. Siempre tuve miedo de confrontar a la gente porque era demasiado sensible aunque desde niña siempre me decían que tenía cara de malvada de telenovela pero la verdad es que siempre fui más buena que el pan.

Me dolió la dignidad, me dolieron los pies, me dolió ser víctima de un crimen que quedó impune por la eternidad, pero me dolió más ver que mis zapatos de gamuza estaban estropeados y me duró muy poco la felicidad de estrenarlos, de por si mi posibilidad de estrenar zapatos cuando era niña era muy baja. Mi lección de vida fue que jamás, jamás volvería a usar zapatos que no pueda bolear o lavar y ser amiga en el futuro de cualquier gordita malvada y de las nerds doble moral.

 
  

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